Caos en Francia

Barcelona, 30 de enero



 El largo viaje en tren: Día 4
Vivimos otro amanecer precioso, esta vez en los Alpes. Ya en la penumbra se divisaban las impresionantes moles, las bonitas casas con más de medio metro de nieve sobre sus techos, los estrechos valles. Correspondía un poco al cliché estilo Heidi, pero era bellísimo, impresionante. Fue clareando lentamente mientras que el paisaje iba volviéndose más plano antes de llegar a Zurich.

Ahí empalmamos inmediatamente con un tren que nos llevaba a Ginebra, al otro extremo de Suiza. Así que no vimos mucho de Zurich, solo la estación, y luego la ciudad por las ventanas.

Se nota que el tren es usado mucho como medio de intermitencia para los que van a trabajar de una ciudad a otra: estaba lleno, hasta la primera clase, y en esta muchísimos ejecutivos en sus computadoras o hasta teniendo reuniones de trabajo.


El paisaje afuera era bello, y muy suizo...



Al final nos acercamos al lago de Ginebra, el mayor de Europa occidental, bordeando sus laderas idílicas también en invierno, y entramos a la estación de Ginebra. 

También aquí solo vimos las estación: corrimos con algo de apuro al próximo tren, dirección Lyon, sin saber si podríamos tomarlo con nuestro Eurrail-Pass. Una vez subidos al tren, averiguamos que sí. 

Continuamos viaje felices y contentos, hasta Lyon. Ahí, en vez de nuestro tren rápido español "AVE" encontramos problemas: la estación esta abarrotada de viajeros sentados frustrados con sus maletas. ¿Qué había pasado? Había varios trenes con 1, 2 o más horas de atraso, y nuestro tren a Barcelona simplemente había sido cancelado. Parece que las nevadas habían hecho estragos en las rutas, había habido una tormenta de nieve, etc. Los viajeros inundaban la oficina de información, un francés gritaba en la entrada "¡Viajeros a Barcelona, tomen el tren de las 13:10 dirección Valence y cambien ahí al TGV que viene de Paris hacia Barcelona!" Cabe destacar que ya eran casi las 15:00. Todos miraban expectantes los monitores, esperando que apareciese en qué andén llegaba. Después de una larga espera, apareció la indicación y las masas corrieron, con un ímpetu desordenado poco europeo, hacia el andén - y nosotros en medio. El andén era larguísimo, fuimos hacia la punta para alejarnos de las masas y asegurarnos un sitio. Pero al revisar en las tablas la posición de los vagones, parecía que no alcanzaban la sección del andén en la que estábamos, así que regresamos hacia el centro. Al fin entró el tren, era larguísimo, dos TGVs (tren rápido francés) pegados. Corrimos nuevamente hacia la punta del andén, y luego que se bajaron los pasajeros (luchando contra la corriente que quería entrar) lo abordamos y nos sentamos. Luego nos dimos cuenta que todos se volvían a bajar, y un controlador nos dijo que ese tren no seguía, sino el de atrás. Ups. Así que nos bajamos y volvimos al medio del andén, donde iniciaba el segundo tren. Ahora sí había masas atiborradas delante de cada puerta, y cada ingreso estaba atascado de pasajeros parados en las puertas con sus maletas. Andres notó que si bien las puertas estaban atiborradas, los pasadizos estaban vacíos. La gente no se movía de las entradas, así que tomó nuestros trolleys y los cargó encima de las maletas que atoraban una entrada, y así pudimos, fieles a la "cultura combi", ingresar al pasadizo del vagón. Después de un rato otros siguieron nuestro ejemplo, y el medio del vagón, que resultó ser de primera clase, se llenó de pasajeros. De esta manera viajamos en primera de un TGV - parados. Los pasajeros parados miraban sobre las espaldas de los pasajeros sentados, que no entendían bien porque su primera clase había terminado tan poco elegante. Durante el viaje a Valence, que duró menos de una hora, el conductor dio la bienvenida, como normalmente suele suceder, a los nuevos pasajeros, se disculpó por la situación, e indicó que había un vagón restaurante, mas que dadas las circunstancias, no recomendaba tratar de llegar a él. Terminó su aviso deseándonos buen viaje, y que aprovechásemos la ocasión para conversar y hacer nuevos amigos....

En Valence tomamos el tren siguiente, y tuvimos la suerte de conseguir asientos, pues el viaje duraba 5 horas. Nuestros simpáticos vecinos eran una joven psicoterapeuta alemana de Friburgo que desde Barcelona viajaba a Madrid para volar hacia Bolivia a participar en un proyecta social, y un joven cellista catalán que regresaba del conservatorio de Lyon para vacaciones a su ciudad natal. Es lindo conocer gente en el tren. 

Llegamos a la estación de Barcelona Sants como a las 8 de la noche, terminando el periplo de 4 días en tren desde Istanbul. Compramos algo de comida y bajamos a tomar nuestro "tren de cercanías" para ir a Caldetas. Bueno, primero en el apuro tomamos el equivocado y fuimos en dirección contraria, así que, horas después, nuevamente llegamos tardísimo a Caldetas, nuevamente ya no había taxi, y nuevamente tuvimos que subir la larga y empinada cuesta a la casa de la tia-abuela de Andres. Molidos después de un día muy agitado, dormimos muy bien.

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