Los techos de Lisboa, desde abajo y desde arriba

Lisboa, 4 de enero


Lisboa, día 2
Hoy caminamos por las calles de Lisboa. Bella. Hemos desayunado en un café de barrio. Andrés vio que a alguien le servían un desayuno, y pidió lo mismo, obteniendo pan tostado con mantequilla y café con leche. La verdad, estaba muy rico. Dado que al mediodía debíamos estar puntuales en el nuevo AirBnB, nos quedamos paseando por el barrio.

A la hora convenida recogimos nuestros trolleys de un AirBnB y los llevamos al otro, de un señor que ponía mucho acento en el tema orden. Pero era igual muy amable. Nuestra habitación tenía un balcón debajo del cuál pasaba el tranvía. Almorzamos ahí.

Tomamos luego un tranvía, sin importar la dirección, pero con tan buena suerte que nos llevó hacia lo alto de la ciudad antigua. Era impresionante como el tranvía parecía rozar las paredes. De hecho, los peatones tenían que detenerse para dejarlo pasar en esas partes estrechas. En el mirador de Santa Lucía, sobre el Barrio de Alfama, un vendedor ambulante de Senegal nos conversó, nos regaló un lindo brazalete, y bueno, le compramos un dije. Luego nos dimos cuenta que era la estrategia de venta de muchos (sobre todo en Florencia), pero sea como fuere, fue muy simpático. Hacía un frio terrible, al parecer nos tocó la semana más fría del invierno portugués, al cual intentamos combatir con vino y sidra calientes. Y nos pusimos a andar. Nos quedamos inicialmente por las inmediaciones del castillo, viviendo el atardecer por sus calles.

Dada que la ciudad tiene tantas subidas y bajadas, hay ascensores que llevan de una sección a otra. Aprovechamos uno para bajar varios pisos a una calle aledaña, compramos nuevamente comida y regresamos a pie hacia la plaza Dom Duarte, desde la cual tomamos, ya agotados, un tranvía a casa. 

Día 3
Al día siguiente Cecilia tenía un detallado itinerario de caminata. Comenzamos con el mismo tranvía, pasamos por el mismo mirador del día anterior, pero fuimos más lejos.

Nos bajamos del tranvía para caminar por el barrio Baixa, y en la desesperada búsqueda de un baño para Cecilia y un helado para Andres, llegamos a la Praça do Comércio.

 Esta da al mar (mejor dicho a la desembocadura del Tajo), así que nos acercamos a él. 

Luego dimos la vuelta y, pasando bajo el Arco del Truinfo versión portuguesa, entramos a la Avenida principal Rua Augusta. 

Llegamos en un momento al célebre elevador de Santa Justa. Este, en medio de una calle, sube del barrio Baixa a otra calle aledaña, en el barrio Chiado - como decíamos, la ciudad está tan llena de calles empinadas, que a veces usan este modo directo. ¡Y este elevador es de 1902!

Entusiasmados, nos pusimos en la cola para poder subir con él. Esperamos media hora.

Y nos rendimos. Teníamos hambre. Así que buscamos un restaurante, y tuvimos la inmensa suerte de que Cecilia, en su planeación de la jornada, había leído de uno que no solo no era tan caro, sino además era antiguo y tradicional sin ser turístico. Adega Da Mó se llamaba, y los mozos eran personajes. Probamos cosas que no conocíamos, y cuyo nombre no recordamos, pero estaban muy ricas.

Ya satisfecho el hambre, a falta de elevador, usamos escaleras. Subimos y subimos.

Y llegamos al bello barrio de Chiado. 


En Chiado nos pusimos a buscar la librería más antigua del mundo: Bertrand. Realmente es la más antigua, se abrió en 1732, sobrevivió, como ellos mismos indican, 
  • un terremoto,
  • una guerra civil,
  • nueve reyes,
  • dieciséis presidentes,
  • tres repúblicas,
  • seis golpes de estado,
  • dos guerras mundiales,
  • la construcción de un muro y su caída,
  • la unificación de Europa,
  • y la introducción del euro,
y hasta ahora no ha cerrado. 
Felices por ello, la exploramos y llevamos unos cuantos libritos, en bellísimas ediciones. Y seguimos caminando.

Fue anocheciendo, y hasta la iluminación de la calle tiene carácter en esta ciudad.

El intinerario contemplaba ver la puesta de sol en el mirador de Santa Catarina. Así que llegamos y la contemplamos.

De ahí seguimos hacia el próximo objetivo del plan: Barrio Alto. Recorrimos sus calles, y al final llegamos a la altura del parque São Pedro de Alcántara, donde estaba la estación de metro desde la cual queríamos tomar el metro de vuelta. Pero ese estaba abajo, y nosotros arriba. La bajada realmente era larga y empinada, así que tomamos el furnicular, que, aparte de ser bonito y pintoresco, convenientemente estaba cerca.

Habíamos cumplido con el itinerario. Regresamos a nuestro barrio, recogimos nuestros trolleys y nos fuimos a la estación Oriente, de donde salía a las 23 nuestro bus nocturno hacia Málaga. Estábamos tan orgullosos de haber llegado con horas de anticipación en vez de minutos, así que no nos importó hacer tiempo explorando la zona moderna que rodea esta estación. También interesante, al igual que el puente Vasco da Gama sobre el Tajo: ¡12 kilómetros sobre el agua!
A pesar de estar sentados, dormimos bien. Estábamos agotados, habíamos caminado todo el día, y todos los días. Como muestra un botón: ya el segundo día en Lisboa a a Cecilia se le descosió el cuero de un botín, y a Andrés se le rompió una hebilla para los pasadores de un zapato, dejándolo desaliñado (en lo que refiere caminar).




Comentarios

Entradas populares