Primero DaVinci, luego Sienna
Siena, 17 de enero
El día inició en Florencia. Esta vez salimos más temprano. Después de pisar el ponte Vecchio (el cual ayer sólo habíamos visto a lo lejos) fuimos al museo Leonardo da Vinci.
De ahí fuimos a la estación de tren y tomamos el próximo en dirección a Siena, ya que iniciaba la tarde y aún queríamos ver con luz la ciudad. Así nos dijo que en 25 minutos y ya vamos caminando, y que podemos y no tomar taxi o bus.Pensamos como opción intermedia en costo y velocidad, a tomar el bus. Sin embargo, la cuenta no salió del todo bien. No en lo que respecta tiempo: esperamos 20 minutos el bus, y luego demoró 40 minutos pues daba la vuelta por las afueras de la ciudad. A fin de cuentas llegamos cuando ya había iniciado el anochecer. Dejamos las maletas en un AirBnB de una señora muy amable, y nos fuimos a recorrer Siena en su versión nocturna y llena de neblina, el look místico.
La verdad, casi recomendaría verla primero de noche. Calles estrechas entre paredes altas, cuestas por doquier que fragmentaban el orden de las ventanas, una bajada empinada en la esquina se convertía en una subida equivalente.
El medioevo parecía tangible, la cuidad parecía no haber cambiado, simplemente seguía en su cotidianidad contemporanea. Y definitivamente tenía menos turistas que la mayoría de nuestros objetivos anteriores.
El día inició en Florencia. Esta vez salimos más temprano. Después de pisar el ponte Vecchio (el cual ayer sólo habíamos visto a lo lejos) fuimos al museo Leonardo da Vinci.
De ahí fuimos a la estación de tren y tomamos el próximo en dirección a Siena, ya que iniciaba la tarde y aún queríamos ver con luz la ciudad. Así nos dijo que en 25 minutos y ya vamos caminando, y que podemos y no tomar taxi o bus.Pensamos como opción intermedia en costo y velocidad, a tomar el bus. Sin embargo, la cuenta no salió del todo bien. No en lo que respecta tiempo: esperamos 20 minutos el bus, y luego demoró 40 minutos pues daba la vuelta por las afueras de la ciudad. A fin de cuentas llegamos cuando ya había iniciado el anochecer. Dejamos las maletas en un AirBnB de una señora muy amable, y nos fuimos a recorrer Siena en su versión nocturna y llena de neblina, el look místico.
La verdad, casi recomendaría verla primero de noche. Calles estrechas entre paredes altas, cuestas por doquier que fragmentaban el orden de las ventanas, una bajada empinada en la esquina se convertía en una subida equivalente.
El medioevo parecía tangible, la cuidad parecía no haber cambiado, simplemente seguía en su cotidianidad contemporanea. Y definitivamente tenía menos turistas que la mayoría de nuestros objetivos anteriores.

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