Tocando tierra vieja

Madrid, 1.1.2019 (casi)

 Hemos logrado cruzar el gran charco.  Eso fue todo lo que atinamos a escribir el 1 de enero. Eso fue después de aterrizar, ir a la estación de Atocha, caminarla varias veces de arriba abajo en el afán de activar el passaporte de trenes Eurrail y reservar el tren nocturno a Lisboa consiguiendo con las justas lo último de espacio que había, de llegar al departamento de Úrsula, y fue antes de salir a conseguir comida en una Madrid en la que todo estaba cerrado por el feriado, de entrar a una lucha digital para conseguir en AirBnB dónde dormir en Lisboa, de rehacer las maletas para el viaje y de salir corriendo para llegar, con las justas en los últimos minutos, subir al tren nocturno.    Es decir, al parecer escribir puede complicarse. Esto lo escribimos ya el 3, y fotos las subiremos cuando las hayamos podido bajar de la cámara.  

  Especial en el vuelo que cruzó el gran charco fue primero ver la cordillera iluminada por atardecer, en especial cómo se imponía el Aconcagua entre los que lo rodeaban, y las festividades de año nuevo. No las en el avión mismo - fue  simpático mas no muy contagioso: el Capitán anunció primero el Año Nuevo en Euopa, luego en Brasil, y luego el de Santiago de Chile, cada vez con efectos de luces; es decir iban cambiando de color en la cabina. Al final la tripulacion salió haciendo tren, pero no llego a involucrar en la sensación festiva a los pasajeros, con ganas de dormir. Lo que sí fue muy especial fue ver el Año Nuevo encima de Brasil: fuimos testigos de un espectáculo que rara vez se observa, de los fuegos artificiales encima de diversos centros poblados. Las ciudades, desde el aire, eran diversas aglomeraciones de luces que se llenaban de destellos, todas hasta donde se pudiese ver. Vaya que les gustan a los brasileños los fuegos artificiales, duraron tranquilamente un cuarto de hora mientras veíamos la ciudades pasar debajo de nosotros.

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