Tres cunas en un día

Istanbul, 23 de enero

Decidimos, por un tema de costos y especialmente de tiempos, que nos convenía más volar a Istanbul desde Roma y en todo caso hacer el regreso desde ahí vía tren como era nuestro plan desde un inicio. Nuestro vuelo era temprano en la mañana pero a horas razonables, así que salimos con bastante colchón de tiempo. Felizmente, pues a Andres se le ocurrió variar la ruta y tomar un bus para ver otras partes de Roma que no fuese el trecho usual del tranvía. Pero ese día no andaba aquel bus, tomamos otro, y luego no sabíamos dónde bajarnos, nos pasamos, al final terminamos solucionándolo con un taxi en la desesperación, y logramos tomar el tren Express al aeropuerto para tomar nuestro vuelo sin  más problemas. Nuestra despedida de Roma fue, por supuesto, con un delicioso café y con un fantástico croissant relleno de crema de pistachio - hm, fue una pena no haberlo descubierto antes. Mientras esperábamos vimos cerca a la sala de embarque un piano de cola que invitaba a quien quisiera a sentarse y tocar un rato, así que, claro, Andrés se animó y tocó unos minutos hasta que tuvimos que embarcar. El vuelo a Istanbul resultó que hacía escala en Atenas por 5 horas, así que, obviamente, luego de un agradable vuelo en Aegean Airlines, bajamos corriendo a dejar nuestro equipaje en consigna y salir a conocer alguien de la ciudad. El bus del aeropuerto a la plaza Syntagma duraba 50 minutos y nos permitió entender el recorrido y tener una primera impresión de la ciudad. Andrés iba recordando sus conocimientos de griego antiguo descifrando las letras de cuanto letrero  divisase. Su padre estará muy orgulloso de saberlo... De esa plaza, que es el centro de la ciudad, empezamos a caminar hacia el Acrópolis con la esperanza de verlo lo más cerca posible. Nos perdimos un poco por las callecitas, el estilo de turismo/paseo en el que hemos descubierto coincidimos mucho.

Vimos un Atenas muy bonito, que sin duda planeamos volver a visitar con muuuucho más tempo. La subida al Acrópolis resultó un camino lleno de escaleras y gatos, en algunos casos pasillos muy estrechos pero fachadas y casitas muy bonitas.
 
Estábamos un poco perdidos en el camino a la cima hasta que una amable pareja rusa nos indicó el camino. Llegamos a un increible mirador desde donde logramos acercarnos al Acrópolis y tener una vista panorámica de la ciudad. Vale la pena la escalada.

 El paseito nos tomó más tiempo del planeado y ya estábamos con las justas para volver al aeropuerto a tiempo para el embarque. Después de desbarrancarnos por las escaleras y regresar a la plaza, optamos por el metro como mejor opción. Nos angustiamos cuando el metro paró unos 10 minutos entre dos estaciones sin motivo aparente (al menos no nos enteramos), pero a pesar de todo logramos llegar a tiempo y no perder el avión. Felizmente, no solo porque realmente queríamos llegar a Istanbul, sino porque habríamos perdido la oportunidad de viajar en un avión a hélice. Andrés estaba entusiasmadísimo tomándole fotos antes de subir:

Volar en un avión a hélice nos permitió hacer un aterrizaje más lento y más cercano, teniendo tiempo para unas espectaculares vistas aéreas de Istanbul de noche que fueron un inesperado regalo. La llegada a Turquía, salvo una larguísima cola en migraciones y un intento por agarrarnos de ingenuos y cobrarnos un dineral por un taxi (felizmente ya nos habían advertido sobre esto), se dio sin problemas y pudimos llegar a nuestro hotel, un sitio super sencillo pero con ambiente casero, que estaba excelentemente situado: a media cuadra de la plaza de Sultanamet y con una vista privilegiada a Hagia Sofía por un lado

y por el otro lado de a la Mezquita Azul, que es la que estoy contemplando desde la ventana de nuestro cuarto.
 

 

Comentarios

Entradas populares