Una cerveza en el Orient Express, un Kebap en Asia, y una mezquita azul
Istanbul, 25 de enero
Istanbul despierta con el llamado a rezar que resuena desde los minaretes. Ayer y hoy los hemos disfrutado desde las 7 am.
Nos costó mucho amanecer, estábamos super cansados del trote del día anterior, pero no queríamos perdernos el desayuno que terminaba a las 10am, así que a pesar del cansancio nos apuramos en despegarnos de las sábanas. Felizmente, el desayuno era en nuestro mismo piso, así que llegamos al toque - era 3 puertas más allá. El espacio es una terraza cerrada con vista directa a Hagia Sofía y parcial al palacio de Topkapi, un lujo total.
El desayuno, igual todos los días, era un arreglo típico turco, muy sano, que incluía tomate, pepino, aceitunas mediterráneas (deliciosas, todo un descubrimiento!), queso blanco salado tipo feta, té turco (y luego si querías, también un café, turco o con agua) y pan baguette, con mantequilla, mermeladas y miel. La verdad, muy rico y completo. Vamos a intentar imitarlo en una versión local cuando volvamos.
Un rato después del desayuno finalmente salimos a explorar la ciudad. Fuimos directo a Sultanamet, para ver en persona la Mezquita Azul y Hagia Sofía, realmente un lujo estar tan cerca. Paseamos un poco por ahí, pero primero queríamos ir a la estación de tren para reservar nuestro pasaje de regreso, asegurar que podíamos empezar esa siguiente etapa del viaje, el retorno en tren.
Caminamos, nos compramos unos dulces ambulantes que estaban buenazos y cuando vimos un lindo café al aire libre paramos y nos tomamos un rico café turco.
Luego seguimos paseando, atravesamos un parque grande muy bonito donde vimos un mapa, un globo terráqueo en árabe muy antiguo (del siglo XIX) y muy fidedigno, realmente impresionante el conocimiento tan acertado que tenía esta cultura.
Llegamos luego a la estación Sirkeci, la que fue en su momento el punto de partida del mítico Orient Express, y logramos hacer nuestra reserva para el primer tramo del viaje, el tren hasta Sofía en Bulgaria. Luego visitamos con calma el museo in situ sobre este tren, en una sala llena de detallitos, documentos e incluso recreación de un vagón. La encargada del museo tenía como cuatro gatos a su alrededor en esa misma sala, además de una caja con cinco gatitos de menos de un mes, con la mamá rondando. Los gatos en Istanbul son los reyes, están por todos lados y los dejan ser y estar sin problemas.
En la estación también había un restaurante, el original de cuando todavía funcionaba el tren, que se llamaba, predeciblemente, el Orient Express. Nos dimos el gusto de tomarnos unas chelitas ahí aunque eran carísimas, y conocimos a una pareja española, una mallorquina y un catalán, que andaban viajando, ella por segunda vez, así que nos dio muchas recomendaciones no turísticas muy interesantes que intentamos cumplir.
Saliendo de la estación nos dimos cuenta que estábamos muy cerca de un puerto así que caminamos un poco bordeando el mar y decidimos tomar de una vez un ferry e irnos, elegantemente, a un almuerzo tardío en Asia. Después de un rato averiguando como conseguir la tarjeta de transporte urbano que nos permitiera tomar el ferry (no el turístico sino el normal, el de transporte público) logramos subirnos a uno y, a pesar del frío y viento, estuvimos un rato afuera viendo las vistas y las gaviotas que volaban a nuestra misma altura. El viaje es muy breve, unos 10 minutos, pero no sabíamos para donde mirar es tan fascinante pensar que estás cruzando de un continente a otro!
Llegamos a Asia y vimos muy cerca al malecón/puerto, un restaurante con vista en un 4to o 5to piso, así que subimos y comimos ahí algo típico y delicioso. Nos tocó ver el atardecer desde ahí arriba y luego de caminar un poquito por Asia, en el ferry de regreso vimos como se iba iluminando el 'skyline' de Istanbul lado Europa. Imponente y muy bonito el regreso.
El puerto al que volvimos era muy cerca al Bazar de las Especias (o pequeño bazar) pero ya a esa hora estaba casi todo cerrado. Estábamos muy cerca a una mezquita, así que con el llamado del almuecín que correspondía a esa hora, seguimos paseando por los alrededores hasta que pasamos por un local que mostraba una enorme variedad de postres y dulces turcos. No pudimos resistirnos y entramos a ver todo a detalle antes de escoger. Todo lo que escogimos estaba delicioso, parecen tener una base muy similar, casi todos con pistacho, pero logran sabores diferenciados y maravillosos. Realmente un lujo disfrutarlos con calma y poder comparar.
Satisfechos, seguimos caminando un buen trecho hasta regresar al hotel. Mañana empezamos más temprano.
Dia 2
Ahora sí, luego de disfrutar nuevamente de nuestro delicioso y sano desayuno turco, salimos rumbo a Hagia Sofía listos para hacer el recorrido completo de esta joya. Intentaron vendernos un tour con guía propio a precio de oro en la entrada, pero huimos y solo contratamos las audioguías para hacer nuestro recorrido a nuestro propio ritmo. Mucho mejor.
Este templo, iglesia, mezquita, o combinación de todas las anteriores, es realmente algo especial. Es difícil de describir, pero la fusión de dos religiones tan fuertes y asentadas en un solo espacio es algo muy particular, y la sensación de respeto mutuo, de apertura, y a la vez, la sensación del tiempo que ha pasado en este lugar, de las distintas etapas y momentos, toda la historia contenida, no sé, es realmente difícil de expresar pero se siente, y fuerte.
Esta sensación diría que es casi la constante en Istanbul y no solo en Hagia Sofía, aunque es claro que es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más representativos de la cuidad. En tono más anecdótico, tengo que comentar que había algunos gatos dentro del templo, reafirmando esta sensación de que son los amos y señores de la ciudad. Se dejan tocar por los turistas, aunque solo un rato, como suele pasar con los gatos, y el personal de seguridad los tiene totalmente asumidos como parte del solemne espacio que guardan.
Todavía deslumbrados salimos a pasear por Sultanamet pensando entrar de una vez a la Mezquita Azul, pero no era hora de ingreso permitido, ya que esta es una mezquita en uso, así que optamos por ir a almorzar por ahí cerca y luego volver.
Paseando un poco y tratando de alejarnos de lo que percibíamos como excesivamente turístico (y por eso, caro), terminamos por entrar en un lugar que se veía un poquito más auténtico y tradicional. Afuera tenía mesas como en terraza con narguiles que algunos fumaban y adentro, donde finalmente nos sentamos, había un espacio donde mucha gente estaba jugando en distintas mesas, mientras en otros ambientes, como el nuestro, se trataba de comer. Como ya era tarde para la hora de almuerzo no había tanta gente y nos sirvieron super rápido.
La comida estaba deliciosa, realmente escogimos bien. Cecilia sigue recordando el delicioso curry que se comió! De campeonato. Nos devoramos todo tan rápido que no hubo ni tiempo de tomarle una foto, una pena, porque se veía tan rico como sabía.
Para rematar, pedimos lo más exótico que encontramos de postre, abajo en la foto, que era un plato de queso derretido bañado de esta capa de caramelo en hilos, al estilo de un creme brulee y, por supuesto, el detalle del pistacho para rematar esta fiesta de sabores. Espectacular, Muy especial.
Ahora sí, satisfechos y con las baterías recargadas, volvimos a la Mezquita Azul y por la hora pudimos entrar rapidísimo. Aunque me cubrí la cabeza por respeto, en realidad solo pedían quitarte los zapatos y llevarlos en la mano.
La Mezquita Azul es muy diferente a Hagia Sofía, no solo por el hecho de seguir en uso, funcionando diariamente como un lugar de oración. Es menos histórica, menos impactante quizá en su decoración, pero, a su manera, también muy imponente. Lo que más nos llamó la atención fue la sensación que te da el espacio. Provoca estar ahí, pasar tiempo ahí, sentarte y disfrutar la sensación que el espacio da. Comentábamos que la decoración era distinta, porque no era lujosa en cuanto a materiales, no se sentía ostentación pero sí mucha devoción en el trabajo realizado, en crear un espacio a la altura de su dios y sus necesidades de recogimiento. Las formas y colores utilizados son lindísimos, sencillos pero no simples. Predomina el azul, que transmite calma y, como decía, logra una atmósfera en la mezquita que hace que uno quiera pasar un buen rato ahí.
El espacio está dividido para que adelante puedan estar quienes profesan y hacer uso de las instalaciones de la mezquita para su oración, pero luego el espacio atrás bastante amplio es abierto para visitantes que se mantienen en una actitud respetuosa pero igual mirando todos los rincones posibles, leyendo, tomando fotos, etc. Hay muchos niños que corren y juegan, pero no se siente invasivo ni molesto, todo lo contrario, el respeto pero también la naturalidad es palpable.
Muy impresionados también con la Mezquita Azul salimos a seguir nuestro recorrido. Teníamos todavía la esperanza de llegar al Gran Bazar, una recomendación generalizada, así que emprendimos camino y aunque nos perdimos un poco, finalmente lo encontramos y sí, es realmente impactante.
Aunque era un poco tarde ya, y algunos puestos ya empezaban a prepararse para acabar el día,
logramos dar una buena vuelta por los distintos pasillos y perdernos un poco en este gigantesco espacio de comercio. La arquitectura es especial y el ambiente también muy interesante.
Luego de comprar y regatear algunas cositas (imposible resisitirse), nos sentamos en un cafecito a disfrutar de un merecido café turco. Luego seguimos paseando un poco más hasta que encontramos un stand de especias, tés, dulces y demás que resultó nuestra perdición. Ahí sí perdimos un poco los papeles. El vendedor era muy simpático y muy bueno en su trabajo. En fin. Mejor que nos pase esto en liras turcas que en euros...
Salimos del Gran Bazar y empezamos a caminar de regreso a casa, En el camino nos tocó nuevamente el llamado del almuacín y esta vez lo grabamos, como recuerdo de lo cotidiano de esta ciudad.
Hicimos una escala técnica para comernos un helado y descansar un poco y luego fuimos a un supermercado donde nos abastecimos de todo lo que necesitábamos para la siguiente etapa de nuestro viaje que empezaba la noche siguiente, nuestro ambicioso regreso a Barcelona desde Istanbul en tren.
Llegando al hotel nos invitaron un delicioso y reponedor té turco y luego nos dieron acceso a la cocina del último piso para preparamos un poco la comida para el día siguiente. De ahí, directo a dormir, agotados.
Dia 3
Para el último día en esta fabulosa ciudad, optamos por salir del centro y ir a la plaza Taksim, en otra zona de la ciudad. Desde ahí, además de conocer esta plaza importante y pasear por esta zona comercial, pensábamos tomar algún transporte público que nos lleve nuevamente a Asia, para lograr ver un poco más de este otro lado/continente de la ciudad.
En Taksim nos encontramos con una feria artesanal que recorrimos completa, encontrando muchas cosas muy interesantes pero controlándonos bastante mejor que el día anterior en el Bazar. Eso sí, compramos un lindo pañuelo de seda en un stand donde la chica nos contaba que este era un negocio familiar y mostraba in situ el proceso de extracción de la seda de los capullos, para luego hilarlo en ruecas y proceder a hacer las piezas que mosraban ahí. Impresionante ver los capullos en el agua, ahí mismo.
Luego del recorrido salimos en busca del metrobus que habíamos identificado era el transporte que nos llevaba a Asia atravesando el largo puente que habíamos visto a lo lejos los días anteriores. Nos perdimos un poco pero finalmente logramos encontrar el paradero del metrobus y tomar el que necesitábamos. El metrobus, al ser transporte público común, andaba realmente lleno, fuimos parados todo el recorrido y no pudimos disfrutarlo mucho, aunque sí estuvimos muy atentos a cruce del puente y fue interesante también ver la vida cotidiana por esta zona mucho menos turística y típica.
Decidimos no bajarnos en ninguna estación con conexiones sino ir hasta el paradero final, y tomar el bus de vuelta, esta vez sentados, para poder disfrutar el paisaje. En el paradero aprovechamos para comer algo que nos dé fuerzas hasta la vuelta, porque ya era tarde y no habíamos almorzado. La comunicación no fue muy fluida con los vendedores del kiosko pero ahí, entre señas y mucho humor se logró el objetivo. Eso sí, todo muy muy barato por aquí.
Hicimos el recorrido de vuelta, nuevamente cruzando el fascinante puente intercontinental, y luego conectamos con el metro para regresar al barrio antiguo por donde estábamos. Fuimos al pequño bazar o Bazar de las Especias, esta vez sí con tiempo para recorrerlo y comprar nuevamente algunas cosas. Lo más destacable, un lindo set de backgammon hecho a mano por un artesano en uno de los puestos y un mix propio de frutos secos que armamos luego de probar una multitud de fascinantes alternativas. Esto fue nuestro principal acompañante en los cuatro días siguientes que pasamos de tren en tren.
Por las ganas de seguir paseando y viendo todo, seguíamos sin almorzar propiamente aunque habíamos tenido un nuevo tentempié de choclo callejero delicioso. La chica española que conocimos en el Orient Express nos había recomendado ir al puerto al lado del puente Gálata y comer ahí mismo en el puerto, donde comen los locales, no en los restaurantes típicos turísiticos. Buscando esta recomendación se nos pasaba la hora hasta que finalmente los encontramos. Esa sensación de vida caótica de puerto fue también fascinante de ver. Las colas eran larguísimas pero muy rápidas, todo estaba muy eficientemente organizado. Un 'plato' único, pan con filete de pescado, preparado en un bote-cocina anclado en el puerto, al lado de los tours del Bosforo que salen cada media hora, y un despachador que cobraba y entregaba casi al mismo tiempo. Fantástico, están listos para participar en Mistura!
Después de eso y de probar una especie de picarones que no tienen nada que hacer con los nuestros deliciosos, empezamos a caminar rumbo al hotel. Empezamos por acercarnos nuevamente al Bazar de las Especias pero nos perdimos entre los puestitos de mercado exteriores al bazar, que resultaron de lo más interesantes y menos agobiantes. Primero, encontramos un lugar donde comer algo más porque a mi no me tentó tanto el filete de pescado, pero sí que me tentaron estos barquitos rellenos de distintas cosas que vendía este señor en el mercado, me comí uno de huevo y carne molida que estaba espectacular.
En el stand en frente vendían café y postres y un señor mayor muy típico turco tenía un pequeño módulo donde preparaba abiertamente el famoso café turco. Andrés se entusiasmó y decidió documentar el proceso para aprender finalmente de un experto y de primera mano como hacerlo correctamente y hacer justicia a las ollitas de cobre que ya había comprado para hacerlo. Este espectáculo o ritual cafetero tomó un rato (como debe ser).
Luego de esta pausa, ahora sí empezamos a caminar más en serio hacia el hotel. Felizmente ibamos todavía bastante holgados de tiempo para ir a la estación a tomar el tren, porque esta vez nos perdimos descaradamente por las callecitas. Todavía no tenemos muy claro que pasó ni donde nos desviamos, pero terminamos llegando casi al Gran Bazaar cuando debíamos ir hacia arriba en la dirección contraria. Cuando finalmente llegamos a un punto que reconocíamos resultó que teníamos que caminar nuevamente todo lo que caminamos el día anterior. Aunque hubieramos preferido no repetir y más bien buscar unaruta alternativa, luego de la perdida ya no quisimos arriesgarnos nuevamente, así que, a caminar nomás.
No pudimos tomar el tram porque ya no teníamos liras turcas y en la tarjeta de transporte no teníamos saldo suficiente para dos viajes. Como viajábamos en tren esa noche, ya no tendríamos oportunidad de cambiarlas y no queríamos quedarnos con nada, así que las gastamos todas. Lamentablemente esto nos jugó en contra, porque cuando finalmente llegamos al hotel, luego de un delicioso y reponedor té de manzana que nos invitaron y de descansar un poco de la hora y pico de caminata, cuando llegó la hora de ir a la estación no había forma de conseguir un taxi que acepte tarjeta. Luego de esperar un buen rato, de ver distintas opciones, de subir a un taxi y tener que sacar nuevamente las maletas porque resultó que justo en ese momento funcionaba con cash only, el encantador Amir, el encargado del hotel, viendo que no había como salir del tema, nos acompañó hasta el tram con nuestras maletas y pasando su propia tarjeta nos embarcó hacia la estación. Un encanto, de verdad.
Y bueno, así, un poco alborotados, terminó nuestra estadía en la maravillosa Istanbul, ciudad a la que realmente esperamos poder volver para pasearla y disfrutarla aún más.

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